Confusión estructural
Lo más destacado es el nudo en la cabeza del estómago. Podría ser una resaca. Sin embargo, las sospechas van en otra dirección. Encima de la cama están todos los pañuelos del invierno doblados, huelen a detergente casero y otra vez empiezo de cero intentando iniciar una digestión pesada. Como el monstruo de colores que se ha hecho un lío, igual están los pañuelos de invierno. He guardado en una bolsa todos los jerséis de invierno que me ha regalado la abuela y espero volver a verlos cuando ya no me parta el vientre exactamente por la línea perpendicular a las cicatrices de mi vientre. Tal vez el próximo Noviembre, superado el día veintiséis y no habrá peligro de caer en zanjas oscuras ni de tropezar. Veremos. No consentir el sollozo, la abuela será llorada cuando la pueda llorar, ni un minuto antes.
A lo mejor es la música, la voz del Surma. Ese desgarro. O volver a estar sola en casa ordenando todo antes del revuelo infantil. O la angustia de estar contando los minutos que me quedan para volver a perder la libertad y comprobar que no ha habido avances. Espera, espera, si tengo que ser justa, el derrumbe está un poquito más lejos, parece que estos días he ganado alguna partida. Y anoche sumé una gran victoria, una inesperada, últimamente soy invisible. Vecina espero que estés orgullosa de mí, dije que nunca más y lo olvido a la tercera cerveza, pero ayer me mantuve firme y a la séptima cerveza me escapé a la francesa. Me resultó conmovedor, esa mirada de la desesperación en caída libre, me mordía las mejillas y tuve que agarrarle por la pechera de ese chaleco forrado. O tal vez fuera una chaqueta, o tal vez este detalle no sea importante pero le agarré de la pechera como los matones de las películas y le comí la boca para explicarle que no que nunca más, que esto ya lo he vivido y que no lo voy a repetir, que solo hay un hombre en el mundo por el que me dejaría morder en las mejillas y consentiría destrozar mi vida. Otra vez.
Uno que esta mañana estaba remando encima de una tabla de paddle surf, ajeno a todo esto, al nudo en el estómago, los pañuelos, los hombres con chaleco que ven como la vida se puede romper en lo que parece no tener solución. Un hombre que se reiría de mí si supiera que aún no he llorado a mi abuela y diría cualquier frivolidad como que con esa edad ya era hora y que me prefiere risueña y pizpireta y que mejor que las penas me las guarde entre las costillas y que toma un pitillo cuéntame a quien desprecias y quien te adora para que pueda sufrir de celos y alegrarme por tu desdén y que también sufra él porque aunque mi ego está hundido y ya no puedo contar contigo para que me digas cuatro monerías y me lo vuelvas a subir, en el fondo sabemos todos que a mi me priva un hombre al que nunca más querré tener cerca.



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