À la belle etoile: Capítulo 2

Todo lo que vas a leer aquí es ficción, aunque esté escrito en primera persona. Es literatura. No soy yo.
Varias cosas me resultaron sorprendentes del comentario de Roman. Me gustó esa demostración de lealtad y su interés desprovisto de ganas de cotilleo. Era genuino interés y la explicación que le di le pareció suficiente, no quiso ahondar en terreno delicado. También me gustó que su respuesta fuera en la línea: si quieres hablar con ella, llámala. Para sorpresa de nadie, los adultos deberíamos resolver nuestras diferencias hablando.

La parte dolorosa en esta conversación tiene que ver con tu mensaje: es que ella no me habla. Volvemos al patio del colegio, mi amiga se enfada y me mata con la indiferencia. No, reina, no es así. Me parece injusto ponerse en la situación de la víctima e ir a llorar a uno de mis escasos aliados. Imagino que este cuento lo habrás contado a las personas que siguen perteneciendo a tu círculo, ese que hemos compartido hasta que hace (¿cuántos años?) alguien decidió darme una patada. A esa gente les puedes contar lo que quieras, dudo que nadie te sugiera llamarme o te corte el rollo por lealtad a mí. No, a esa gente le puedes contar lo que quieras. Pero fuiste a dar contra la roca que, al menos de momento, parece que sigue en mi bando.

Te lo dije por escrito y considero que fui bastante clara en la última conversación que tuvimos, por escrito. Y constancia queda. Mis palabras fueron:  yo ahora no puedo actuar con honestidad si te contesto a una pregunta sobre un libro o te comento las vistas desde tu balcón. No entiendo tu postura, pero te leo si te apetece explicarla. Si no quieres, o no puedes, lo entenderé y también quedaremos en paz. Lo que no voy a aceptar más son respuestas evasivas.

No voy a aceptar mas respuestas evasivas: si quieres hablar y explicarme tu postura, contarme qué ha pasado, te leo. Si no quieres o no puedes, silencio. Pero no voy a mantener una conversación cortés sobre un libro o las vistas desde tu balcón porque eso no me interesa en absoluto. Volveré a insistir en esto: no rehuyo el conflicto, es justo lo que busco. Quiero saber, y quiero saber desde una postura de no entiendo tu postura, pero la escucharé (o leeré) y tendré que respetarla. Y quién sabe, tal vez hasta pueda llegar a entenderte. Entre las virtudes que he ido demostrando a lo largo de estos años no figura la templanza y la serenidad, tal vez, pero reconocerás que no me falta ni inteligencia para entender, ni valor para enfrentarme a situaciones de las que voy a salir muy herida.

¿Lo has asumido ya? Sospecho que lo entendiste a la primera, pero tu postura es exactamente la contraria: evitativa. Dios nos libre de las evitativas, dijo el otro día mi amiga Nagore. Esa es tu postura, me parece entender, desde que te marchaste a vivir a otro país: evitar el conflicto con los amigos que quedan aquí, intentar mantenerlos a todos a cualquier precio. Lo puedo entender, es exactamente lo mismo que yo he hecho todos los años que he vivido lejos de aquí. 

Sin embargo, querida, en esta ocasión evitar el conflicto ha conducido al desastre. Hay ocasiones en las que es inevitable. Yo te pedí valor y que te enfrentaras. Te pedí ayuda, te la pedí muchas veces. Escuchaste y leíste mis angustias y desvelos, y en tu mano estaba la llave para que pudiera entender qué estaba ocurriendo. Tal vez eso te hubiera supuesto darme una información que me hubiera tranquilizado, pero al hacerlo te parecería que estabas traicionando a la fuente de información. Lo entiendo. Sin embargo, creo que hay sistemas para conseguir darme la información sin traicionar a nadie. Decir: sí, está ocurriendo algo, no es una paranoia tuya. Yo no te puedo decir nada más, pero te confirmo que no estás delirando. Si quieres saber algo más, deberías ir a hablar con X. 
Y que X decidiera qué hace. 












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